Diseñar para dispositivos móviles (1ª parte)

Advertencia: este artículo se basa en experiencias propias, por lo que es posible que haya algun que otro error, o que algún asunto quede incompleto.

En los últimos años han surgido dispositivos móviles (PDA, Pocket PC, teléfonos móviles, etc.) con la capacidad de visualizar sitios web. En la imagen una fotografía (un poco mala) de como se ve Outbook (sin haber hecho ningún cambio) en el navegador de un teléfono móvil (concretamente un NEC e242, compatible con WML y XHTML).

Su ventaja: navegar por Internet casi en cualquier sitio. La primera desventaja: en ocasiones, sobre todo en teléfonos móviles, los navegadores son muy limitados. Y la segunda desventaja: las reducidas dimensiones de las pantallas.

Debido a esas desventajas los diseños basados en tablas o que no se ajusten a los estándares están contraindicados en el caso de que se pretenda que el sitio web se vea en este tipo de dispositivos.

Por ello la mejor alternativa es, como he insistido en otras ocasiones, la separación de presentación y contenidos. Pero aun separando presentación y contenido podemos encontrarnos con algún que otro problema de usabilidad.

¿Y a que problema me refiero? El orden en el que aparecen los textos. Supongamos que en la estructura de la página tenemos cuatro elementos, como en Outbook: encabezamiento, barra de navegación, contenido de la página y pie de página. Cada uno, en principio, debería estar formado por una capa (en el código fuente las etiquetas DIV).

Para ver en que orden quedan estos elementos debemos ver la página en un dispositivo móvil. O en un navegador, habiendose desecho previamente de la hoja de estilo. En Internet Explorer esto es complicado. Pero en Firefox o en Opera es muy sencillo. En Firefox hay que ir al menú «View» (lo pongo en inglés porque tengo los navegadores en inglés, y no estoy seguro de como sale en la versión en español), seleccionar «Page style» y marcar «no style». En Opera hay dos formas: lo mismo que en Firefox (View > Style > User mode), o bien, la opción más adecuada, «View > Small Screen».

El lector del sitio probablemente esté interesado en leer el contenido de la página. Pero si en el código va antes la capa de la barra de navegación que la de contenido, el lector se encontrará primero con la de navegación. Si la barra de navegación no es muy larga no supone problema. Pero cuando si lo es, si puede ser un inconveniente. En este caso creo que habría que situar antes la capa de contenido.

En cuanto al encabezamiento y el pie de página se pueden quedar al principio y al final, respectivamente.

Algo con lo que hay que llevar mucho cuidado es el código fuente. No hay que meter complicaciones, como Java, Javascript, Flash, etc. Y si se mete, al menos se deberá proporcionar una alternativa de solo texto. Y si se puede, también ha de evitarse meter mucho texto en cada página: se podría hacer incómoda su lectura e incrementar demasiado el coste de navegación para el usuario (este tipo de acceso suele ser por GPRS, que no es demasiado económico). Lo mismo para las imágenes: que ocupen pocos Kbytes y poner solo las imprescindibles.

Y para finalizar, las soluciones para evitarse estos engorros: crear versiones alternativas para dispositivos móviles, en WML o en XHTML sencillo.

Como veis, cada alternativa tiene desventajas propias.

En la web del W3C hay un documento que habla de XHTML sencillo para los dispositivos móviles. Leer documento.

Continuar hacia la segunda parte.

Modificado 2005-07-06 12:07

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La Dama del Alba

Fragmento de la obra teatral de Alejandro Casona, La dama del Alba.


ACTO PRIMERO

En un lugar de las Asturias de España. Sin tiempo. Planta baja de una casa de labranza que trasluce limpio bienestar. Sólida arquitectura de piedra encalada y maderas nobles. Al fondo, amplio porton y ventana sobre el campo. A la derecha, arranque de escalera que conduce a las habitaciones altas, y en primer término del mismo lado salida al corral. A la izquierda, entrada a la cocina, y en primer término la gran chimenea de leña ornada en lejas y vasares1 con lozas campesinas y el rebrillo rojo y ocre de los cobres. Apoyada en la pared de fondo, una guadaña. Rústicos muebles de nogal y un viejo reloj de pared. Sobre el suelo, gruesas esteras de soga. Es de noche. Luz de quinqué.

(LA MADRE, el ABUELO y los nietos, ANDRÉS, DORINA y FALÍN2 terminan de cenar. TELVA3 , vieja criada, atiende a la mesa.)

ABUELO.— (Partiendo el pan) Todavía está caliente la hogaza. Huele a ginesta4 en flor.
TELVA.— Ginesta y sarmiento seco; no hay leña mejor para caldear el horno. ¿Y qué me dice de ese color de oro? Es el último candeal de la solana.
ABUELO.— La harina es buena, pero tú la ayudas. Tienes unas manos pensadas por Dios para hacer pan.
TELVA.—¿Y las hojuelas de azucar? ¿Y la torrija de huevo?5 Por el invierno bien que le gusta mojada en vino caliente. (Mira a la MADRE, que está de codos en la mesa, como ausente.) ¿No va a cenar nada, mi ama?
MADRE.— Nada.

(TELVA suspira resignada. Pone leche en las escudillas de los niños.)

FALÍN.— ¿Puedo migar6 sopas en la leche?
ANDRÉS.— Y yo ¿puedo traer el gato a comer conmigo en la mesa?
DORINA.— El sitio del gato es la cocina. Siempre tiene las patas sucias de ceniza.
ANDRÉS.— ¿Y a ti quién te mete? El gato es mio.
DORINA.— Pero el mantel lo lavo yo.
ABUELO.— Hazle caso a tu hermana.
ANDRÉS.— ¿Por qué? Soy mayor que ella.
ABUELO.— Pero ella es mujer.
ANDRÉS.— ¡Siempre igual! Al gato le gusta comer en la mesa y no dejan; a mi me gusta comer en el suelo y tampoco.
TELVA.— Cuándo seas mayor mandarás en tu casa, galán6bis.
ANDRÉS.— Sí, sí; todos los años dices lo mismo.
FALÍN.— ¿Cuándo somo mayores, abuelo?
ABUELO.— Pronto. Cuando sepáis leer y escribir.
ANDRÉS.— Pero si no nos mandan a la escuela no aprenderemos nunca.
ABUELO.— (A la MADRE.) Los niños tienen razón. Son ya crecidos. Deben ir a la escuela.
MADRE.— (Como una obsesión.) ¡No irán! Para ir a la escuela hay que pasar el río… No quiero que mis hijos se acerquen al río.
DORINA.— Todos los otros van. Y las chicas también. ¿Por qué no podemos nosotros pasar el río?
MADRE.— Ójala nadie de esta casa se hubiera acercado a él.
TELVA.— Basta; de esas cosas no se habla. (A DORINA, mientras recoge las escudillas.) ¿No querías hacer una torta de maíz? El horno ya se estará enfriando.
ANDRÉS.— (Levantándose, gozoso de hacer algo.) Lo pondremos al rojo otra vez. ¡Yo te ayudo!
FALÍN.— ¡Y yo!
DORINA.— ¿Puedo ponerle un poco de miel encima?
TELVA.— Y abajo una hoja de higuera para que no se pegue al rescoldo. Tienes que ir aprendiendo. Pronto serás mujer… y eres la única de la casa. (Sale con ellos hacia la cocina.)

(MADRE y ABUELO)

ABUELO.— No debieras hablar de eso delante de los pequelos. Están respirando siempre un aire de angustia que no los deja vivir.
MADRE.— Era su hermana. No quiero que la olviden.
ABUELO.— Pero ellos necesitan correr alsol y reír a gritos. Un niño que está quieto no es un niño.
MADRE.— Por lo menos a mi lado están seguros.
ABUELO.— No tengas miedo; la desgracia no se repite nunca en el mismo sitio. No pienses más.
MADRE.— ¿Haces tú otra cosa? Aunque no la nombres , yo sé en que estás pensando cuando te quedas horas en silencio, y se te apaga el cigarro en la boca.
ABUELO.— ¿De que vale mirar atrás? Lo que pasó, pasó y la vida sigue. Tienes una casa que debe volver a ser feliz como antes.
MADRE.— Antes era fácil ser feliz. estaba aquí Angélica; y donde ella ponía la mano todo era alegría.
ABUELO.— Te quedan los otros tres. Piensa en ellos.
MADRE.— Hoy no puedo pensar más que en Angélica; es su día. Fue una noche como ésta. Hace cuatro años.
ABUELO.— Cuatro años ya…

(Pensativo se sienta a liar un cigarrillo junto al fuego. Entra del corral el mozo del molino, sonriente, con una rosa que, al salir, se pone en la oreja.)

QUICO.— Buena noche de luna para viajar. Ya está ensillada la yegua.
MADRE.— (Levanta la cabeza.) ¿Ensillada? ¿Quién te lo mandó?
ABUELO.— Yo.
MADRE.— ¿Y a ti, quién?
ABUELO.— Martín7 quiere subir a la braña8 a apartar él mismo los novillos para la feria.
MADRE.— ¿Tenía que ser precisamente hoy? Una noche como ésta bien podría quedarse en casa.
ABUELO.— La feria es mañana.
MADRE.— (Como una queja.) Si él lo prefiere así, bien está.


  1. vasar, anaquel. Término propio de la región de Murcia.
  2. Rafaelín con la forma abreviada y la terminación diminutiva corrientes en Asturias.
  3. Forma reducida y familiar de Etelvina en Asturias.
  4. hiniesta, retama. «Ginesta» aunque el Dicc. Acad. no indica nada, es la castellanización del asturiano «xinesta».
  5. Las primeras son los «feisuelos»; las segundas las «turrexas» en Asturias.
  6. Desmenuzar el pan en migas y también echarlas en un líquido.
  7. La elección de este nombre por Casona no parece casual. «Martín significa por antonomasia herrero, pues era el apelativo que se aplicaba a los hombres de este oficio.»
  8. En Asturias y Santander, «Pasto de verano, que po lo común está en la falda de algún montecillo donde hay agua y prado.»

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Diseño web: Separar contenidos y formato

Hasta no hace mucho el método más habitual para dar formato a un sitio web (me refiero a tipografías, colores, etc.) era meter dicho formato dentro del código. Etiquetas como FONT y BR eran muy habituales.

Es mejor meter etiquetas para dar significado o estructuración al texto. Por ejemplo, H1 se solía utilizar para dar a los textos un tamaño determinado, pero en realidad esa no es su función. Es un elemento estructural. Voy a poner dos ejemplos de código, que visualmente dan un resultado similar. El primero tiene estructura correcta, pero el segundo no. Aquí están:

<h1>Tema 1</h1>
<p>Introducción</p>
<h2>Punto secundario</h2>
<p>Texto importante</p>

<font size="7">Tema</font><br />
Introducción<br /><br />
<font size="6">Punto secundario</font><br />
Texto importante<br />

Y la pregunta que os hareis será: ¿Y no da igual uno que otro? Pues no. El primero es interpretado sin problemas en practicamente cualquier navegador, incluso los de dispositivos móviles o los utilizados por personas con discapacidad visual. El segundo es interpretado «correctamente» solo por navegadores habituales, y da problemas con los mencionados anteriormente. Además este segundo método hace que para cambiar el aspecto de todo un sitio haya que ir editando página por página, mientras que el otro método permite que modificando una hoja de estilo asociada se pueda cambiar el aspecto del sitio.

Nota: actualizado 2005-06-10.

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Las artes, la ciencia de lo inútil

He aquí una interesante reflexión acerca de lo que son las artes. Este fragmento procede de Los Renglones Torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena. Es este un libro muy valioso, y no por este fragmento, sino por lo que se puede aprender de los personajes que en él aparecen y sus actuaciones… un momento… Esto ya no tiene que ver con el fragmento que traemos… Si queréis saber sobre todo eso leer el libro, os aseguramos que no os defraudará.

— ¿Qué piensa usted de las artes?

— El arte es la ciencia de lo inútil.

El médico frunció la frente sorprendido. Aquella respuesta no cuadraba con la personalidad que había creído adivinar en su paciente.

— ¿Quiere decir que desprecia usted las artes; que las considera algo trivial, y a quienes las practican gentes desocupadas que no tienen otra cosa mejor que hacer?

— ¡Nada de eso doctor! ¡Considero que el arte es tanto más sublime cuanto mayor es su inutilidad!

— Explíquese mejor.

— El hombre es el único animal que se crea necesidades que nada tienen que ver con la subsistencia del individuo y con la reproducción de la especie. No le basta comer para alimentarse, sino que condimenta los alimentos, de modo que añadan placer a la satisfacción de su necesidad. No le basta vestirse para abrigarse, sino que añade, a esta función tan elemental, la exigencia de confeccionar su ropa con determinadas forma y colores. No se contenta con cobijarse, sino que construye edificios con líneas armoniosas y caprichosas que exceden de su necesidad: lo cual no ocurre con la guarida del zorro, la madriguera del conejo o el nido de la cigüeña. ¿Hay algo más inútil que la corbata que lleva usted puesta? ¿De qué le sirve al estómago una salsa cumberland o un chateaubriand a la Périgord? ¿Qué añade al cobijo del hombre el friso de una escayola o las orlas en forma de signos de interrogación de los hierros que sostienen el pasamanos de una escalera? Pues bien: todo eso que está inútilmente «añadido a la pura necesidad»… ¡ya es arte! La gastronomía, la hoy llamada alta costura y la decoración son las primeras artes creadas por nuestra especie, porque representan los excesos inútiles añadidos a las necesidades primarias de comer, abrigarse y guarecerse.

— Dígame, señora de Almenara, ¿dónde ha leído ese ensayo sobre la inutilidad? ¡Me gustaría conocerlo!

— ¡No necesito leer a los demás para formarme una opinión, doctor!

— Prosiga, señora: me tiene usted absolutamente fascinado.

— Pues bien — continuó Alicia —. En el momento mismo en que el espíritu creador del hombre se despegó incluso de la necesidad primaria para producir sus lucubraciones, nacieron las grandes Artes: la Poesía, la Danza, la Música y la Pintura.

— Olvida la Arquitectura.

— Considero a la Arquitectura, como a la Gastronomía, un añadido inútil a una necesidad «primaria». La Danza en cierto modo, también tiene este lastre, pero se aleja más de la necesidad. Es… ¿cómo explicarme?, una… una… ¡una mímica sublimada! ¡eso es lo que quería decir! Tal vez la Danza sea anterior al lenguaje y tuviera en sus orígenes una intencionalidad práctica: con carga erótica, reverencial o religiosa. ¡Yo no estaba allí, y no se qué «intencionalidad» tenía! Pero no hay duda de que encerraba «un propósito», encaminado a la consecución de un fin. No sé si me explico, pero la intencionalidad es algo muy superior a la «necesidad primaria». Está ya directamente relacionada con el juicio y la voluntad. «Quiero esto y voy a demostrarlo con gestos y ademanes rítmicos.» ¡Y la Humanidad se puso a danzar! ¡De ahí a la Paulova o a Nureyev no había más que un paso! La Pintura pertenece a un género superior. ¡Es más inútil todavía! Tiene un lejanísimo parentesco con la escritura ideográfica, mas una vez añadida su carga de inutilidad, la distancia entre lo necesario y lo que no sirve para nada, se hace tan grande, que la considero entre las primeras de las Artes Mayores. ¿No opina lo mismo, doctor?

— Mi querida amiga, no es mi opinión lo que interesa, sino la suya.

— ¿Y no le interesa que a mí me interese conocer su opinión, doctor? ¡Sería muy poco galante de su parte dejarme hablar y hablar sin intervenir!

— Eso es precisamente lo que deseo, señora. Y empiezo a pensar que se le ha acabado la inspiración. ¿Cómo juzga usted la Poesía?

— Paralela en méritos a la Pintura, aunque un tanto más inútil todavía. ¿Qué quiere decir, o para qué sirve decir:

Mi corazón, como una sierpe
se ha desprendido de su piel,
y aquí la miro entre mis dedos
llena de heridas y de miel?

»¡Oh, doctor! Ni el corazón tiene una piel como la de las serpientes que se la cambian cada temporada como las modas de las mujeres, ni los ofidios ni el corazón acostumbran a impregnarse del zumo de las abejas; ni hay hombre que pueda contemplar víscera tan delicada entre las manos: pues si estuviese vivo moriría en el intento; y si muerto, no podría contemplarla. ¡Y sin embargo este poemilla de García Lorca es arte puro!

»Queda, por último, la Música. ¿Qué mayor inutilidad que unir unos ruidos con otros ruidos que no expresan directamente nada y que pueden ser interpretados de mil distintas maneras según el estado de ánimo de quien los escuche? ¿A quién alimenta eso? ¿A quién abriga? ¿A quién cobija? ¡A nadie! La Música es la más inútil, biológicamente hablando, de todas las Artes y, por ello, por su pavorosa y radical inutilidad, es la más grande de todas ellas; la menos irracional, la más intelectual, la más espiritual, la más humana, en tanto que esto signifique superación de los seres inferiores. Porque lo cierto es que hay quien entiende, ¡equivocadamente, claro está!, por «humano…».

Alicia se detuvo y se sonrojó:

— ¡Ah, doctor estoy hablando como un ser pedante e insufrible! Discúlpeme. No quiero hablar más.